ECOFEMINISMO, VENUS Y CONCIENCIA PLANETARIA

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Hace unas semanas atrás pregunté  por stories de IG si querían que escribiera un poco sobre lecturas de época, entendidas como ciclos dentro de ciclos, especialmente de miras al 2021, el pasaje de Saturno y Jupiter de capricornio a Acuario y la presencia activa de Urano en Tauro (y por añadidura Venus al ser regente de ♉) que será uno de los protagonistas de la cuadratura a los planetas sociales en acuario. En esa oportunidad dejé en stories un anticipo de lo que vengo sintiendo/pensando hace mucho tiempo sobre movimientos en la relación cosmos/psiquismo/fenómenos que exceden la mera coyuntura o los sucesos emergentes de un año u otro. Digo esto porque a veces nos queremos centrar tanto en anticiparnos a lo inmediato que podemos perder la oportunidad inmensa de abrir la percepción a una corriente cíclica mucho más enorme que está generando sus dinámicas y mutaciones. Esto no quiere decir que nos volvamos una antena que tira data incomprensible o lejana de nuestro aquí y ahora pero sí poder percibir lo que va aconteciendo en estas coordenadas de un espacio/tiempo en espiral y cíclico que nos permite un acercamiento más profundo y sensible a la vivencia, una apertura a la experiencia e incluso a la incertidumbre.
En esta línea siento el deseo y también el llamado a contarles más de estas sensaciones, pensamientos, intuiciones porque me urge compartirlo casi como un deber de multiplicar voces que han estado muy calladas u ocultadas y que va siendo tiempo de que resuenen con claridad. Algunas de esas voces, a mi modo de ver, están emparentadas con una conciencia venusina que creo fundamental recuperar y que de a poco iré desarrollando más porque todo en un solo post es muchísima data y se vuelve inabordable. Pero empecemos…

Primero, quiero salir un poco del clóset y contarles que llego a este presente por un sinfín de recorridos y experiencias, desde hace unos 15 años en los que fueron apareciendo personas, lecturas, círculos, maestrxs, viajes que despertaron en mí una inquietud por indagar en la historia, en lo ancestral, en las mitologías, y en toda una dimensión vinculada a lo arquetípico femenino (podemos llamarlo de otras maneras, tal vez energía yin pero a falta de otra categoría por el momento vamos con ésta) que me convocaba a conocer como si se tratara de una tarea arqueológica interna y externa mientras estudiaba y practicaba astrología. De alguna manera estas dimensiones siempre estuvieron juntas, lo simbólico, el misterio, lo artístico, la investigación que nunca era sólo intelectual sino que era experiencia, corporea, emocional, espiritual, como modo de conocer en esas exploraciones y aprendizajes.

Poder echar luz sobre esa historia oculta(da), implicó un cambio medular en mi modo de percibir, de ser y hacer que al mismo tiempo me situó en resonancia con otrxs. Esos hallazgos que tuvieron impacto en mi vida personal no son sólo mios sino fundamentalmente colectivos porque implicó e implica un re-conocimiento de saberes y prácticas resonantes y compartidas. Formas otras que aunque quisieron ser extirpadas aún viven en nuestrxs cuerpxs y en nuestro psiquismo y nos devuelven la oportunidad de mirar en la sombra colectiva, reapropiarnos de los significados y disputar las funciones moralizantes funcionales al patriarcado que las narrativas dominantes instauraron. Poner palabras otras desde la propia voz implica dejar de ser habladxs por otros. Llevar el movimiento de aquello que se mira y se dice a lugares que a la vez de ancestrales se dibujan en el presente. No como una añoranza o la posibilidad de regreso a un paraíso perdido sino como forma de crear desde el presente una conciencia planetaria que incluya aquello que sistemáticamente e intencionalmente fue negado. En este sentido, decir, percibir y actuar esas formas negadas, recrearlas, re inventarlas, re apropiarnos y reformular mitos y arquetipos nos conecta con un paradigma absolutamente diferente al patriarcal y su relación sujeto/objeto. Hablar de una conciencia planetaria que incluye lo femenino no como categoría esencialista y determinista sino como una conciencia de cuerpo, vinculo, totalidad que estuvo viva durante miles de años, un paradigma de asociación y cooperación. Una percepción venusina corporal, viva, vincular, entramada en lugar de individual y separada. Un camino de (super) vivencia para nuestro planeta, percibido como un ser vivo, Gaia y no como algo a expoliar. Esta visión, esta conciencia es venusina porque es vincular, nos sitúa en un entramado en el que somos hilos entre hilos, no seres de mayor jerarquía que abusan de su poder para dominar aquello que consideran como cosa inerte o como recurso a extraer. Esta visión que nos susurra Venus de registro y apertura a lo distinto, de vinculación en un entramado horizontal de cooperación en lugar de competencia es una visión que, quienes investigaron nuestro pasado civilizatorio como la gran Marija Gimbutas, denominaron matríztica y estaba ligado al culto a la Diosa, un arquetipo de creación, muerte y renacimiento orientado hacia lo vital, en el que Venus y Luna (y tantos otros arquetipos) eran manifestaciones de ese mismo principio. Este paradigma de ser y estar en la Tierra, de hacer vida fue real, no un cuento de fantasía utópico sino que se materializó en formas sociales, económicas y culturales en las que el principio de lo femenino representado en el culto a la Diosa, manifestaba esa conciencia de unión de todo lo existente, una conciencia cíclica, de totalidad, de cooperación entre todos los elementos y los seres que conforman unidad. Competir, dominar, someter y aniquilar por miedo al otrx y a lo otro es parte de una construcción histórica que nació a partir de las invasiones indoeuropeas unos 4 mil años A.C en el territorio de la Vieja Europa y Asia. Esos invasores trajeron la muerte como bandera, el uso del metal que había sido utilizado hasta entonces para labrar la tierra se convirtió en símbolo e instrumento para el sometimiento y la conquista de lxs cuerpxs, la tierra y el psiquismo colectivo. Es esa historia la que nos vienen contando hace miles de años, es esa narrativa de muerte, miedo, control y opresión la que viene sosteniendo este orden de cosas que hoy podemos llamar de muchas maneras, una de ellas capitalismo patriarcal y colonial. En ese acto de nombrar hasta el cansancio que estamos hechxs para la supervivencia del más fuerte, que el hombre es lobo del hombre, del imperio del tánatos y la pulsión de muerte se invisibiliza toda una historia que nos pertenece y merece ser mirada y reconocida para que nuestra psique colectiva encuentre la parte que está faltando y que oculta el relato dominante. Como decía Jung, el anima es la sombra del psiquismo colectivo, lo femenino en sombra, oculto, reprimido, invisibilizado, sometido, domesticado, apropiado. Este ocultamiento ha llevado a una polarización intencional, programada y perpetuada en las formas sociales y culturales dominantes de Occidente (y en épocas de globalización diríamos del mundo -casi- todo) que nos están llevando no solo a nuestro colapso y decadencia sino al de todo lo vivo que late en la Tierra. Es casi un gesto de (super)vivencia, un acto político revolucionario, alumbrar nuestra anima, reconocer ese pasado real, corpóreo que latió y aún late en todxs, encontrar en esos susurros los ecos todavía no olvidados de esa conciencia venusina/lunar y terrestre, de ese diálogo planetario, de esa visión vincular, cooperativa, ecológica que habla de cuidado, de red, de amor a la tierra, de cuerpxs, de goce, de honrar lo cíclico, de unión con todxs y con todo.

 

La imagen increíble es de Geni Riot.